Cosas que pasan en un callejón oscuro

Es un callejón mal iluminado por una triste y sucia farola cuya luz amarillenta que parpadea de cuando en cuando desde hace muchos años, tal vez debido a un mal contacto que nadie se ha preocupado en revisar. Nuestro callejón separa dos viejos edificios, con locales en los bajos y apartamentos en las siguiente cuatro o cinco plantas. También comunica las dos calles entre las que transcurre de forma perpendicular, pero nunca mereció tener nombre de calle, y su único nombre siempre fue «el callejón».

Se reúnen en el callejón todas las funciones más indignas de los edificios colindantes, como las desvencijadas escaleras de incendios, mugrientas y oxidadas, cubiertas de excrementos de paloma y esperando el aciago día en que deban ser utilizadas para terminar de caerse a pedazos junto con todos aquellos que se atrevan a huir por ellas. También los cubos de basura de viviendas y locales se acumulan en el callejón, proporcionando el sustento a la nutrida población de roedores que pululan por el barrio. También los locales cuyas puertas traseras dan al callejón aprovechan ese espacio para acumular un buen número de cajas de botellas vacías y otros objetos de escaso valor, haciendo del tránsito por el callejón una travesía dificultosa.

Seguramente por eso el callejón es utilizado con cierta frecuencia para llevar a cabo negocios y transacciones comerciales que requieren cierta discreción, y algunas de esas veces, cuando no ha habido acuerdo entre los caballeros implicados en los mismos, la policía ha tenido que recoger del suelo a más de uno acribillado a balazos, aunque nunca nadie aseguró haber oído las correspondientes detonaciones, ni voces, ni nada. Al fin y al cabo, ¿quién va a querer asomarse a un callejón asqueroso, o ni siquiera tener la ventana abierta, cuando lo que se puede obtener de ello son malos olores y un espectáculo visual degradante.

(inacabado, continuará)